sábado, 26 de abril de 2014

Yo, una vez, no subía una piedra a una montaña

Cuando la línea recta se convierte en la distancia más alejada entre dos puntos es el momento de volver. Es el momento de empezar de nuevo, de intentar hacer las cosas bien. El problema son los atajos, las canciones de 2´30minutos que nos recuerdan quiénes fuimos y que siempre estará en nosotros como un león enjaulado, un león que simplemente se comía los corazones por miedo a que se comieran el suyo. Ahora que regresamos a los lugares de donde quisimos huir, que intentamos convertirnos en quien juramos no llegar a ser, con los corazones hundiéndose como Venecia, con resacas que ya duran más de un día, con cambios de escenarios, ya no son bares sino el mar, y el foco es una luz que alumbra desde arriba, con payasos tristes que mueren y van al cielo recuerdo que nos elegíamos por ser diferentes a todos los demás, por ese andar sin rumbo ni sentido mientras pienso en qué mujer me perdonará la mitad de mierda que le he echado encima, y aunque al final todo encajaba en el último minuto, todo empieza a pesar ya demasiado, sólo quiero regresar al tiempo en el que me enamoraba como en las películas, donde el desear y ser deseado me convertían en inmortal, donde alguien a cientos de kilómetros pensaba en mí mientras escuchaba una canción de Q.G., donde las canciones decían la verdad. Simplemente me conformaría con poder regresar a la última vez que fui feliz. Esa es la verdad y la verdad quema si la aceptas y abrasa si la niegas. (Dedicado a N.G.M.)